jueves, 8 de noviembre de 2012

La Cenicienta que no quería comer perdices.


La Cenicienta tenía tantas, tantas ganas de ir a la fiesta que al final lo consiguió, pero se puso tan ansiosa, que a la mañana siguiente no se acordaba de nada (llegó a las 12, pero a las 12 del día siguiente). Pero ahí estaban esos dos señores, con el zapato de cristal de tacón de palmo y de punta esperando para que se lo probara.

Al principio no le cabía el pie, pero apretó y apretó hasta que le cupo y metió la pata… ¡porque se tuvo que casar con el príncipe!

Al príncipe le encantaban las perdices, pero la Cenicienta era vegetariana, aún así tenía que cocinar las perdices porque era la comida preferida del príncipe. Y el gritaba malhumorado, porque nunca cocinaba las perdices a su gusto ¡que disgusto!

Y lo peor: ¡Tenía que ir subida en los zapatos de cristal, de tacón de palmo… y de punta! ¡qué vértigo!

La Cenicienta cada vez se encontraba peor: ENFERMA, SOLA, DEPRIMIDA, PÉRDIDA… Solo tenía a su príncipe “amado”, la espalda torcida, los pies chafados y el corazón destrozado.

Y un día, tuvo la suerte de verse a sí misma. Y le dio por reírse de lo inocente que había sido pensando que un príncipe la salvaría. 

Después de años viviendo con uno, se dio cuenta que los príncipes no te salva… tampoco los camioneros, ni los discjokeys, ni los pasteleros… dejó de sentirse culpable, se perdonó y se dio cuenta de que la única capaz de salvarle ERA ELLA MISMA.

Así que la Cenicienta dijo basta y apareció el hada. En cuanto el hada vio a la Cenicienta la abrazó, y la Cenicienta en el momento se sintió recogida se puso a llorar ¡hacía tanto, tanto que no lloraba!

Primero empezó llorando por el príncipe, por tantas perdices muertas y por los zapatos. Luego siguió llorando al recordar que su madrasta le maltrataba, que su padre le trataba peor y que sus hermanas casi se mueren por querer usar una 34 en Zara. Lo lloró todo, todo, todo.

Se sintió mejor que nunca… ¡vacía! Ahora solo tenía que llenarse de cosas bonitas. En primer lugar dejó al príncipe. Luego dejó los zapatos y las perdices. Y una vez sola, descubrió que quería disfrutar de su cuerpo que tan castigado había estado. 

Ahora está encantada de haber cambiado, pero también muy enfada por el papel que ha tenido que representar en los cuentos durante siglos: “niñas pasivas esperando que les pidan la mano y les quiten la vida” SE ACABÓ, ha empezado un cuento nuevo.

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