Llaman a la puerta, ¿serás tú? Pues sí,
resulta que eras tú, cómo son las circunstancias, sin prevenir lo inevitable. Quería recordarte que si caímos
en picado es porque a veces fuimos nubes con la mente, pero no fue suficiente, esa noche
el fue muy cruel, empezó despidiéndose.
Ya empezó el segundo asalto, y esperé el
gran impacto, cuando tú
me confesaste que si leyera tus ideas pensaría que eras el hombre equivocado. Llegando a la conclusión de que en
el fondo me imaginaba que tu reinado era falso, pero claro nos encantan las mentiras si están dichas
de verdad, y eso, a ti,
se te daba de lujo. Yo seguía pretendiendo congelar cada instante sabiendo
de antemano que eran los últimos.
Si pudiera transformar nuestras noches en
un ciclo sin final. Podría ser tan fácil, sería espectacular si fueran
reversibles aquellas noches de incendio. Que iba yo hacer, ya no se podía sacar llama ni fuego de donde
no quedaban ni siquiera cenizas, por lo que decidiste que ya no hay
ganas de seguir el show, ni de continuar fingiendo, porque nadie es puro en verdad, tan solo un mito o
un tipo suicida.
Así que ahí me vi, no hay frenos ni hay dirección, así me vieron, creo que
ha perdido el control. Dialogando
con mi interior: “corazón, vas muy mal, ni siquiera me hablas, hoy no sales si no
es a rastras”. Y ahora que soy medio dos y el antídoto es peor que mi adicción
a ti. Vertical sin transversal.
Y al preguntarme si estaba más animada,
inspiraba y decía que al irse él entraron tinieblas, son mudas, densas. No se puede evitar donde aún vive
el monstruo y aún no hay paz. ¿De qué me sirve salir de esta inmensa ciudad si
de quien pretendo huir seguirá dentro de mí? Y eres tú, y eres tú. Si puedo
escapar es con la mente.
Me quiero evaporar entre la gente, pero no funciona si cada
vez que me quiero ocultar, tú me conviertes en gigante. Maldita nieve de este
largo enero, nos cubre el hielo de un silencio aterrador.
- ¿Que cómo es mi vida sin ti? Pues sin ti
sí que es vida. Libre por fin, ya sin ti, aleluya la mía. – y me escabullí subiéndome a uno de
esos coches blancos que antes nos había llevado juntos, y al subir
al taxi mis palabras son vapor de cristal y me dejo el alma cuando escribo en
la ventana: "que sea cierto el jamás". ¡Oh, cállate! Dedico que voy a
romper las ventanas para que lluevan cristales, pero los trozos solo me enseñan partes de mi vida como piezas
de un gran tetris que nunca encajan muy bien. Es como si andara siempre en
espiral.
Entonces grité mientras el coche se alejaba que quizás te
estoy mintiendo, resulta que no puedo aceptar que aún te echo de menos y que
este menos vaya aún a más. Pero ya estabas lejos para oírlo y aún así no lo hubieras escuchado. En amplias avenidas busqué tu felina sombra. Creía verte en cada arcén.
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